Cuando pensamos en Mongolia, no recordamos solo las dunas del Gobi o las montañas del Altai. También nos vienen a la cabeza Niko y Kai jugando al fútbol con otros niños, sin compartir idioma, y las tardes en las que nos quedamos con las familias en lugar de seguir hacia otro sitio.
Viajamos en junio y julio de 2024. Niko tenía cinco años y Kai, dos. Queríamos conocer los paisajes, pero también acercarnos a la vida de quienes vivían allí. Esa parte del viaje acabó ocupando un lugar muy grande en nuestros recuerdos.
Viajar a Mongolia con niños nos gustó mucho, aunque no fue un viaje cómodo todo el tiempo. Hubo largas jornadas de coche, frío por la noche y comida poco variada. Queremos contar ambas partes: lo que nos llevamos y lo que nos costó.
Las horas en la UAZ también eran el viaje
Recorrimos el Gobi y el Altai con equipos locales, en una furgoneta todoterreno rusa UAZ. Nos apetecía viajar así, pero las pistas y el traqueteo se notaban en el cuerpo. No era simplemente subirnos al coche y aparecer descansados en el siguiente paisaje.
Con Niko y Kai, el cansancio se acumulaba sobre todo durante los traslados y después de las noches con camas incómodas. Tener un equipo que conocía el terreno nos ayudaba con la organización, pero no hacía desaparecer esas horas.
También hubo planes que cambiaron. Perdimos el vuelo de entrada al Gobi y acabamos llegando por carretera. Más adelante, una tormenta nos impidió alcanzar el lugar donde pensábamos dormir. Mongolia nos hizo aceptar que el viaje no iba a seguir siempre lo que habíamos imaginado.
Del desierto a las montañas
El contraste entre el Gobi y el Altai nos gustó mucho. Pasamos de las dunas, los cañones y los acantilados del sur a un paisaje verde, húmedo y rodeado de montañas.
Las fotografías enseñan bien ese cambio. Lo que cuentan menos es el tiempo entre una visita y otra, las comidas, las pausas y cómo estábamos los cuatro al llegar. Al recordar el viaje, todo eso aparece junto a los paisajes.

Dormir en un ger no era dormir en un hotel
Nuestra idea inicial era acampar, pero el frío hizo que acabáramos durmiendo en gers. Nos resguardaban del viento, aunque varias noches seguimos durmiendo con el abrigo puesto.
La comodidad era básica. Lavarnos, compartir el espacio y encontrar ropa limpia no funcionaba como en casa. Al principio nos chocaron muchas cosas; con los días nos fuimos acostumbrando a esa vida más sencilla.
La comida tampoco fue lo que más disfrutamos. En las zonas remotas había pocas alternativas a lo que ofrecían las familias o preparaba el equipo. Forma parte de cómo vivimos Mongolia, y preferimos contarlo para que las fotos no den una idea demasiado cómoda del viaje.

En Khoton, quedarse fue el mejor plan
Le habíamos explicado al guía que queríamos convivir con una familia. Después de que la tormenta cambiara el recorrido, acabamos pasando más tiempo junto a Khoton del que habíamos previsto.
Había muchos niños y Niko y Kai enseguida se sintieron a gusto. Jugaron al fútbol sin hablar el mismo idioma. No necesitaban que nosotros tradujéramos todo para encontrar una manera de estar juntos.
Vimos el cuidado de los animales, el ordeño y las tareas que compartían las familias. Algunas escenas eran duras de ver con niños; no era una actividad preparada para enseñarnos una versión bonita de la vida allí.
Quedarnos nos permitió conocer algo más que el paisaje. Nos impresionó cómo se ayudaban entre todos y nos fuimos con la sensación de haber aprendido mucho de su forma de estar juntos. Es una de las partes que más repetiríamos.


El glaciar y el encuentro con los Eagle Hunters
Fuimos a caballo hasta Potanin. Nos preocupaba que el recorrido se hiciera largo con los niños y salimos pensando que daríamos la vuelta si se cansaban. Llegamos frente al glaciar y paramos a comer allí. Hacía frío y muchísimo viento.
Fue una experiencia bonita, aunque los caballos también nos imponían respeto. La contamos como algo que hicimos acompañados por personas locales, no como una actividad que cualquier familia deba repetir de la misma manera.
El encuentro con los Eagle Hunters era otro de los motivos del viaje. Presenciamos una demostración, no una cacería real. Al volver al atardecer, Niko y Kai sostuvieron un águila junto al hijo del cazador, siguiendo sus indicaciones. Fue lo que vivimos aquel día; no es algo que podamos prometer a otros viajeros.


¿Repetiríamos Mongolia con niños?
Sí, sobre todo por los encuentros, los animales y los ratos en los que pudimos quedarnos sin volver a la carretera. Los niños se llevaron el recuerdo de convivir con otras familias y nosotros también.
Mantendríamos esas pausas y miraríamos con más atención cómo se acumula el cansancio. No intentaríamos sumar lugares a costa de quitar tiempo a lo que más nos gustó: estar allí y conocer a la gente.
Si os apetece preparar un viaje parecido, en la guía de Mongolia reunimos el recorrido y la organización práctica que acompañan a estos recuerdos. También podéis ver nuestro viaje en vídeo. Este artículo se queda con la experiencia de los cuatro.
